sábado, abril 5, 2025

Desapariciones forzadas: Teuchitlán, un patrón que se repite en el país

Municipios donde se han registrado masacres, fosas clandestinas u otras tragedias causadas por el crimen organizado, presentan similitudes: se redujo la pobreza, pero se incrementó la violencia

Agencia Excélsior

Teuchitlán es un municipio del estado de Jalisco que se ubica a 62 kilómetros de Guadalajara. Se trata una demarcación que, en el año 2020, tenía, según las estimaciones del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 9,692 habitantes, cifra que ha tenido muy poca variación en los últimos 10 años pues, según el mismo organismo, en el año 2010 registró 9,521 personas y en el 2015, un total de 9,750.

El nombre de este municipio es motivo de atención mundial, pues es el escenario del macabro hallazgo, denunciado por colectivos de personas buscadoras de familiares desaparecidos, relativo a la existencia de un probable campo de exterminio del crimen organizado.

MENOS POBREZA, PERO MÁS VIOLENCIA

En otros análisis presentados por México Social en Excélsior, se ha mostrado que municipios donde se registran masacres, o descubrimientos de fosas clandestinas u otras tragedias provocadas por el crimen organizado, se repite un patrón que es digno de ser estudiado con mayor profundidad: en la gran mayoría de los casos se trata de localidades donde la pobreza ha tenido importantes reducciones en los últimos 10 años, lo cual va en contra de la narrativa oficial, relativa a que la persistencia de la pobreza es el principal factor generador de violencia.

En efecto, los datos del Coneval muestran que, en el año 2010, en Teuchitlán había un 42% de personas en pobreza multidimensional. En 2015 se había reducido a 33.6%, mientras que en el 2020 el porcentaje llegó a 21.2%. Esta magnitud de reducción lleva a preguntarse si en este tipo de municipios, lo que genera mayores ingresos y aparente bienestar colectivo, es, además de las transferencias de ingresos vía los programas públicos, la presencia del dinero obtenido del crimen organizado, y el cual se incorpora a las dinámicas económicas locales.

Llama en ese sentido la atención, la reducción de la pobreza extrema, la cual pasó, de 5.8% de la población del municipio en el 2010 a 2% en el 2015, y a únicamente el 1.1% de la población en el año 2020. Para dimensionar la magnitud de la reducción, lo anterior significa que, si en el 2010 había 4,001 personas en pobreza en el municipio, en el 2015 la reducción fue a 3,280; mientras que en el 2020 la cifra se ubicó en 2,057 personas, es decir, prácticamente la mitad. Por su parte, el número de personas en pobreza extrema habría pasado de 550 en el 2010, a 193 en el 2015 y a 111 en el 2020, es decir, cinco veces menos que una década atrás.

Frente a lo anterior es interesante observar precisamente que, de acuerdo con la medición del Coneval, tanto el porcentaje como el número de personas por carencias sociales tuvo u incremento. Así, en el 2010, el 35.3% de la población municipal era considerada vulnerable por carencias sociales; en el 2015 el porcentaje fue de 38.3%; mientras que en el 2020 llegó a 46.4%. En sentido inverso, la población vulnerable por ingresos se redujo de 7.6% en el 2010, a 7% en el 2015 y a 5.1% en el 2020.

En esa perspectiva cabe destacar que la reducción en otros indicadores no se dio a la par. Por ejemplo, el rezago educativo se redujo de 26.4% en 2010 a 19.9% en 2020; la carencia de acceso a la seguridad social pasó de 57.3% a 52% en el mismo periodo.

UNA PARADOJA

Lo ocurrido en el municipio de Teuchitlán es un caso que sintetiza las contradicciones del desarrollo en el México contemporáneo: mientras los datos oficiales indican que entre 2010 y 2020 la pobreza se redujo prácticamente a la mitad, la violencia criminal ha dejado una marca imborrable en su geografía social. El hallazgo de un campo de exterminio del crimen organizado en un municipio que, en teoría, avanzaba en términos de bienestar, revela una de las paradojas más inquietantes del modelo económico y de seguridad en el país: el crecimiento no implica seguridad ni una mejora sustancial en las condiciones de vida. Esto podría explicarse en términos de la normalización del horror en un contexto de modernización desigual, donde parece que existe eficacia en la reducción de pobreza, pero no en la contención de estructuras criminales que operan con lógica de guerra, que implica economías paralelas y blanqueo de recursos en gran escala.

TEUCHITLÁN: “EL BIENESTAR” ACOMPAÑADO DE VIOLENCIA

Teuchitlán expone una dimensión profunda de las contradicciones del curso de desarrollo en México: la mejoría de indicadores del bienestar se da a la par de la expansión de mercados legales e ilegales en un mismo territorio, donde el mejoramiento de algunos indicadores sociales no garantiza ni cohesión social ni el imperio de la ley. ¿Qué es lo que explica que un sitio con una tendencia de reducción de la pobreza, de 50% en una década, sea simultáneamente un escenario de exterminio? La respuesta nos obliga a pensar en un desarrollo desconectado de la justicia, donde las estadísticas socio-económicas avanzan, pero el control territorial es disputado por actores que no solo administran la violencia, sino que la industrializan.