La ausencia de masas de hielo mexicanas se ha acelerado por condiciones relacionadas con actividades humanas y ya impacta al clima
Agencia Excélsior
En México sólo quedan tres glaciares: uno en el Pico de Orizaba y dos en el pecho y la panza de la Mujer Dormida. Los del Iztaccíhuatl, tienen los días contados, desaparecerán pronto, reveló el glaciólogo de la UNAM, Hugo Delgado Granados.
El inventario glaciar mexicano ubicaba 17 glaciares que proveían agua dulce al país, sobre todo durante las épocas de estiaje; fenómeno que se produjo hasta el siglo XX. En este primer cuarto del siglo XXI, eso ya no se da.
La extinción de los glaciares es producto de procesos naturales y su relación con el clima y, aunque se sabía que las masas de hielo desaparecerían eventualmente, se ha acelerado por condiciones relacionadas con las actividades humanas y el cambio climático, dijo a Excélsior el investigador del Departamento de Vulcanología del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Pocos saben, señaló, que el sistema lacustre del Valle de México tiene su origen en la desglaciación, muchas montañas que “vemos como simples cerros, en su momento, durante la última glaciación estuvieron cubiertas de hielo” y cuando se fundieron de las montañas de la Sierra de las Cruces –ubicadas en el poniente de la Ciudad de México–, del Popocatépetl, del Iztaccíhuatl y de su continuación hasta el cerro Tláloc, “el agua llegó al Valle de México, producto de la fusión de los glaciares formando lagos intermontanos”.
Los glaciares, además, no sólo se funden como parte de su régimen hidrológico y proveen de agua a las zonas bajas en cuerpos de agua superficial, sino también a través de la percolación, es decir, nutren los acuíferos.
El agua de los glaciares, al final de cuentas, constituye un ahorro de agua, que eventualmente se precipita y cuando más la necesitamos en la época de secas, nos la provee a través de la fusión”, indicó.
Sin embargo, el inventario glaciar mexicano del siglo XX, publicado entre 1958 y 1964 ha ido cambiando rápidamente: al Iztaccíhuatl le quedan dos de 11 masas de hielo, el Popocatépetl ya no tiene una sola de las tres registradas, y al Pico de Orizaba o Citlaltépetl sólo le queda un glaciar de tres, aunque se habían observado ocho.
La ausencia de los glaciares mexicanos ya impacta en la disponibilidad de agua dulce, así como en la regulación del clima.
A decir del geólogo y montañista, los glaciares sobrevivientes son cuerpos de hielo sumamente vulnerables, porque las condiciones climáticas que persisten en la alta montaña mexicana, en particular en el Iztaccíhuatl, no son adecuadas para la existencia del hielo, “las masas de hielo ya deberían haber desaparecido, pero sucede que morfológicamente hablando están protegidas por barreras naturales, porque están anidadas en cráteres… se están aferrando, son resilientes y es muy probable que en menos de cinco años ya no haya hielo glaciar” en la Mujer Dormida.
Sobre el Pico de Orizaba, se trata del glaciar más grande que “tenemos en el país, pero también es sumamente vulnerable… es una capa de hielo, no muy grande en términos de área… es un glaciar muy delgado, llegó a tener hasta más de 50 metros de espesor, pero hoy tiene menos de 10 metros… también se trata de un glaciar muy cercano a su extinción”.
En 1958 los glaciares cubrieron un área total de 11.6 kilómetros cuadrados, 9.5 km2 pertenecían al Citlaltépetl y los 2.1 kilómetros cuadrados restantes estaban entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl.
Recordó que en 2018 se extinguió el glaciar Ayoloco del Iztaccíhuatl y hoy sólo queda una placa de acero.
LOS SENSORES DEL CAMBIO CLIMÁTICO
Desde un punto de vista climático, los glaciares son los mejores sensores naturales que existen para identificar cambios importantes en el clima; así, si la temperatura promedio anual global aumenta estas masas de hielo retroceden, pero si disminuye, crecen, explicó Hugo Delgado Granados, el glaciólogo mexicano.
El Servicio Mundial de Monitoreo de Glaciares, del cual forma parte el investigador de la UNAM desde 1984, indicó que, desde inicios de este siglo, hubo un retroceso sin precedentes de masas de hielo a nivel global, por ello, son los mejores sensores para entender las tendencias y patrones del clima en el planeta.
La emisión de gases de efecto invernadero ha provocado esta exacerbación del retroceso glaciar que tienen que ver con la actividad humana… con la industria, con la movilidad y la energía eléctrica que utilizan combustibles fósiles, pero también algunos procesos naturales, es decir, si nosotros descubrimos las montañas de su manto de glaciares aún debajo de ellos hay un suelo congelado, que emite, conforme se va descongelando, gases de efecto invernadero, como el metano”, destacó.
Entonces, añadió, en sitios como Siberia y Alaska, que tienen territorios muy grandes de suelos permanentemente congelados, están liberando de manera natural gases de efecto invernadero, porque simple y sencillamente la temperatura ha aumentado y estos suelos se descongelan.
De ahí reside la importancia de los glaciares para el agua dulce, la agricultura y todas las actividades humanas, porque son una fuente importante, “en el ciclo del agua en los océanos hay evaporación, se forman las nubes, las nubes viajan, se precipitan en el continente y en las altas montañas es sólida y eso es lo que alimenta a los glaciares, mientras que en las partes bajas ocurre como lluvia”.
Y sin glaciares, no hay agua dulce, por ello, estas masas de hielo y el impacto que tiene el cambio climático en ellas, recién empezaron a acaparar la atención de organismos internacionales.
Delgado reconoció que tuvo que pasar tiempo para que la Organización de Naciones Unidas (ONU) aceptara designar un año para los glaciares, “finalmente se convenció de que era muy importante llamar la atención del público en general, de funcionarios, de gobiernos y de tomadores de decisiones acerca de la importancia que tiene el estudio y la conservación de los glaciares”.
Y no sólo de los glaciares, sino de todos los procesos que ocurren en los climas fríos, de la criosfera, “en consecuencia, la ONU asignó el 21 de marzo como el Día Mundial de los Glaciares por primera vez, y a partir de este 2025 se repetirá cada año.
Sumado a lo anterior, destacó, 2025 fue designado como el Año Internacional para la Conservación de los Glaciares y el periodo 2025-2034 como el Decenio de Acción para las Ciencias Criosféricas, “es decir, no solamente se trata del estudio de los glaciares, sino de todos los elementos que ocurren en los climas fríos”.
Para Delgado, en el caso mexicano, pareciera “un poco difícil creer en la palabra conservación”, porque “nosotros prácticamente no podemos conservar nada”.
Pero la conservación en muchos países sí tiene sentido, porque debe haber una legislación que proteja a los glaciares de la actividad humana.
Ésa es la razón por la que la ONU designó un día, un año y toda una década para llamar la atención acerca de elementos tan importantes que nos permiten darnos cuenta de cómo está evolucionando el clima en el planeta”.
¿CÓMO NACE UN GLACIAR?
Para que se forme un glaciar, debe haber recibido una precipitación sólida —nieve— y debe permanecer en ese estado por más de un año; para que se transforme con el tiempo en lo que se conoce como hielo de glaciar, se necesita una altitud en la que la temperatura sea menor a cero grados centígrados, explicó el también investigador emérito de la UNAM.
Los glaciares pueden crecer por encima de la cota que se conoce como isoterma cero grados o línea de equilibrio, esto quiere decir que los glaciares se forman, crecen y permanecen en estado sólido por encima de la cota de la línea de equilibrio, “debajo de la isoterma de cero grados aún puede haber hielo, pero eventualmente se funde y la dinámica de los glaciares está en que debe haber un equilibrio entre lo que se precipita, se alimenta y lo que pierde el glaciar por fusión”.
Destacó que la isoterma ha aumentado a través de los años, pasó de cuatro mil 500 metros a más de cinco mil 300 metros, por eso el Nevado de Toluca (4 mil 680 m), por ejemplo, ya no tiene glaciares, en el caso de la Mujer Dormida (5 mil 230 m), los dos glaciares que aún tiene ya no deberían existir, porque la montaña tiene una altitud menor a los cinco mil 300 metros y en unos cinco años desaparecerán.