InicioOpiniónCinco elementos | La polarización que protege a México

Cinco elementos | La polarización que protege a México

La derecha transnacional interviene en América Latina

Gustavo Rivera

En días recientes,  Jorge Zepeda Patterson  planteó una idea provocadora: la polarización política daña a la economía mexicana y la 4T debería moderarse si quiere que el Plan México despegue. Es un llamado atendible. Pero hoy la polarización ya no ocurre en un vacío interno. El tablero cambió.

Desde la llegada de  Donald Trump  y el proyecto MAGA, surgió una derecha transnacional que interviene abiertamente en América Latina. No es paranoia.  Steve Bannon  corteja a Vox,  Brad Parscale  exporta tecnología electoral desde EU y  Fernando Cerimedo, estratega de  Javier Milei, presume operaciones digitales en Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador y Perú. Distintos reportajes muestran un patrón: guerra cultural, campañas de desinformación y ataques coordinados contra gobiernos progresistas.

México no es inmune. En redes y medios ya circulan calcas del debate estadunidense: teorías de fraude anticipado, discursos contra la “ideología de género”, etiquetas como “narcoEstado” usadas para erosionar instituciones. La literatura sobre polarización afectiva muestra que estas narrativas no sólo dividen; también abren la puerta a proyectos autoritarios. En este contexto,  Claudia Sheinbaum  no polariza únicamente hacia adentro: también responde a una presión que se intensifica con el regreso de  Trump.

Tampoco sería la primera vez que EU intenta moldear la política mexicana. Desde  Joel R. Poinsett  —que en los años de la Doctrina Monroe impulsó facciones afines a Washington— hasta  Henry Lane Wilson, pieza clave en la caída de  Francisco I. Madero  durante la Decena Trágica, pasando por  Dwight Morrow  y  Josephus Daniels, que intervinieron de manera decisiva durante la Cristiada y la expropiación petrolera, la historia muestra ciclos de intervención abierta o encubierta. Hoy el mecanismo ya no es sólo diplomático: es digital, algorítmico y mucho más rápido.

¿Qué papel tienen entonces los empresarios?  Zepeda  sugiere que se retirarán ante la polarización. Pero la evidencia comparada ofrece un panorama más complejo. En Brasil, Hungría o Turquía, una parte relevante del empresariado no premia la “moderación”, sino la previsibilidad: reglas claras, costos conocidos, estabilidad en tribunales y contratos. La inversión productiva tolera discursos duros; lo que no tolera es incertidumbre jurídica o vacío de poder.

Por eso, en México, la pregunta no es polarización sí o no, sino qué tipo de polarización y con qué certezas. En la medida en la que la reforma al Poder Judicial que se implemente ordenadamente y el gobierno de  Sheinbaum  deje claro cuáles serán las garantías contractuales, cómo se ordenará el sector energético y cuál será la hoja de ruta del Plan México, se logrará un efecto galvanizante: empresarios que prefieren un proyecto fuerte y predecible frente al riesgo de una ola MAGA desestabilizadora operando desde el norte.

La oposición, por ahora, no articula una propuesta de nación que dispute con fuerza el centro del debate. Esa ausencia convierte a la 4T en el único polo capaz de contener a una derecha global que ya mostró su capacidad disruptiva en Argentina y Brasil. En este escenario, una polarización estratégica —no incendiaria, sino definida— puede funcionar como protección: clarificar bandos, fijar límites y defender la soberanía democrática.

La teoría sobre populismo advierte que la polarización permanente erosiona instituciones. El riesgo existe. Pero también sería ingenuo pensar que un México “despolarizado” estaría a salvo de las turbulencias que generaría un  Trump  envalentonado y un ecosistema MAGA activo en la región.

El reto para  Claudia Sheinbaum  no es elegir entre polarización o certidumbre, sino diseñar una polarización clara que proteja a México mientras ofrece reglas estables al capital que invierte de largo plazo. Porque, en política, la tibieza ya no es neutralidad: es vulnerabilidad. Y en un mundo donde actores externos y campañas digitales disputan cada centímetro del espacio público, lo peor que podría pasarle a la Presidenta sería que la perciban como tibia.