Por Martha Elena de Coss Flores
Hoy amanecí acelerada, ni compungida ni tristona, más bien con el corazón brincando como cuerda en vaivén de una calle empedrada.
Me cayó el veinte: soy la Presidenta de la Rial. Dicen que ser presidenta “viste”… ¿del verbo vestir o del ya viste? “¿en qué galana aventura te metiste?”.
La cuerda, ese juego de infancia, ya casi extinto, sobrevive en los museos y en los trebejos olvidados de la casa de los abuelos.
Era gruesa, pesada, hecha de ixtle, golpeando el suelo con cada giro, marcando el compás del barrio. Entrar y salir del vaivén era cosa de expertos, un reto de sincronización, como surfear, pero en seco, en la ola de mecate, como bailar con el aire.
La cuerda tenía dos tiempos:
MOLE, cuando corría acelerada,
SOPA, cuando giraba despacio.
Así también es la vida: a veces te sirven mole, picante, bravo, arrebatado; a veces te sirven sopa, suave, tibia, lenta. Y lo importante no es el platillo, sino saber cuándo brincar, cuándo entrar, cuándo salir, cuándo dejarse llevar por el vaivén.
Hoy amanecí en formato MOLE, con el alma enchilada y la risa pronta. Mañana quizá me toque SOPA, y me sentaré a sorber despacio los giros de la cuerda.
La cuerda sigue girando, como el tiempo, como la historia, como la vida misma. Y yo, campirana y filósofa, sigo brincando entre mole y sopa, entre risas y tropiezos, entre entradas y salidas.
Porque al final, la cuerda es la metáfora del destino: si no brincas, se te enreda; si brincas mal, te tropieza; pero si hallas el ritmo, te lleva ligera, como viento en la milpa, como nadar en la poza, como juego eterno de infancia.
Ahí nás.


