Agencia Excélsior | Ciudad de México
En “Mad Max: Fury Road”, George Miller nos presentó un mundo donde el poder no lo tiene quien maneja mejor, sino quien controla la gasolina; de tal suerte, que los impresionantes vehículos son monstruos de metal y cromo, pero sin combustible no son más que chatarra. Quien se roba el combustible, se roba el futuro.
Esta analogía, sirve mucho para explicar justo lo que está pasando actualmente, pues 10 años después de que se estrenara esta secuela del clásico protagonizado por Mel Gibson, la industria tecnológica está viviendo algo muy similar, donde los datos que compartimos son la gasolina de la inteligencia artificial. Una realidad bastante incómoda en el contexto de lo que hemos visto las últimas semanas.
Y si los datos son el combustible, ¿qué pasa cuando el tanque tiene fugas por todos lados? ¿De verdad esperamos que el motor de la IA en México arranque, acelere y gane la carrera? Lo pregunto porque, en solo cuatro días de septiembre, la autoridad mexicana nos enseñó por dónde se está saliendo nuestra gasolina.
Dos comunicados, casi 28 millones de razones
El 20 de septiembre, la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno (SABG) anunció que encontró en Telegram una base de datos a la venta, que supuestamente pertenecía a Aeroméxico. Hablamos de más de 15 millones de registros. La muestra que se analizó incluía nombres completos, correos, teléfonos y fechas de nacimiento de servidores y figuras públicas.
La empresa aérea respondió rápido, señalando que el acceso no autorizado ocurrió en una plataforma administrada por un proveedor externo y que no se expuso información financiera.
Sin embargo, cuatro días después, la SABG lanzó otra alerta que preocupa todavía más, pues dio a conocer la venta de bases de datos atribuidas a diversos call centers, con más de 12.9 millones de registros. Aquí el nivel de riesgo subió. Ya no hablamos solo de nombres; los registros incluirían RFC, domicilios y datos bancarios. En las muestras aparecieron nombres de 23 marcas muy conocidas, incluyendo bancos y cadenas comerciales.
Hay que ser rigurosos y que una marca aparezca ahí, no prueba que sus sistemas internos fueron hackeados, pero la suma es brutal. Casi 28 millones de registros ofertados en una semana, y en ambos casos la fuga no parece venir del «corazón» de la empresa, sino de un tercero.
El tanque ya no está en tu casa
Aquí está la primera lección, porque durante años construimos murallas alrededor de nuestros centros de datos, pero la gasolina ya no vive ahí. Ahora, vive con el proveedor que gestiona a los clientes, con el call center que hace los cobros y con la agencia que «solo necesita la base para una prueba».
Cada proveedor es una manguera conectada a tu tanque y aunque la fuga ocurra en su taller, el problema legal y de reputación lleva tu nombre; y al respecto, la ley es clara sobre quién vigila hoy y ya no es el INAI, es la SABG.
Y entonces, ¿qué tiene que ver toda esta historia con la IA? Comencemos por las tres consecuencias directas que veo.
Para comenzar, la IA de los atacantes ya tiene el tanque lleno. Los ciberdelincuentes usan agentes autónomos y si los alimentas con millones de datos reales (RFC, banco, domicilio), el fraude cambia. Ya no es el correo mal escrito del «príncipe nigeriano»; es una llamada con tu nombre exacto, tu banco correcto y una voz clonada idéntica a la de tu ejecutivo de cuenta.
Por otro lado, la IA corporativa hereda nuestros malos hábitos y muchas empresas conectan asistentes de IA a sus sistemas preguntando «¿qué tanto puede hacer?», cuando la pregunta correcta debería ser «¿qué tanto puede ver?». Si no sabes dónde están tus datos, tu IA lo descubrirá y se lo dirá a quien no debe, porque debes tener en cuenta que basura entra, fuga sale.
Finalmente, sin confianza, no hay combustible. Este es el efecto más peligroso para el país. Cada fuga le enseña al ciudadano a desconfiar, a dar datos falsos o a colgarle al banco. Un país no puede competir en IA si sus ciudadanos no confían, pero cómo confiar si estamos viendo estos problemas. Vaya paradoja.
Lo que sí podemos hacer (y qué ganamos con ello)
La buena noticia es que todo esto se puede gobernar y por eso, te dejaría estas cinco acciones directas:
Conocer tu combustible: Haz un inventario real de dónde viven tus datos, cuáles son sensibles y quién los toca. Es importante saber exactamente dónde invertir tu presupuesto de ciberseguridad y evitar gastar en proteger lo que no importa.
Audita a tus proveedores como auditas tu casa: Los contratos no detienen a los hackers, por eso debes exigir controles técnicos y verificables, porque es importante cerrar la puerta trasera por donde ocurre la mayoría de los robos de información corporativa hoy en día.
Aplica el mínimo privilegio: Un agente de IA o un empleado no necesitan acceso a toda la base de clientes para hacer una tarea sencilla. Piensa que, si un atacante logra entrar, el daño se queda encapsulado y no compromete a toda la empresa.
Gobierna la IA antes de usarla: Define quién es el responsable humano y qué datos puede usar el modelo. Piensa que innovar y adaptar tecnología, como la IA, no significa abrir puntos ciegos de la infraestructura de tu negocio.
Comunica con transparencia: El lenguaje legal de «presunta» o «podría» protege al abogado, pero desespera al cliente. La misión es retener la confianza de tus usuarios, porque un cliente bien informado perdona un error; uno engañado, se va a la competencia.
Epílogo desde el desierto
En “Fury Road”, la rebelión empieza cuando alguien decide que el combustible no es propiedad de un tirano; nuestro desierto es digital y el tirano no tiene cara, pero sabemos cómo se llama: negligencia.
Mientras los datos de millones de mexicanos se vendan como refacciones en un tianguis de Telegram, la pregunta no es si la IA será exitosa en México, sino para quién. Y de eso, estamos más que seguros en Onesec.



