Martha Elena de Coss Flores
El 16 de junio emprendimos camino desde Tapachula hacia Jiquipilas: Mi hermano Oscar, el primo Burelo y yo. La misión era clara: celebrar los 85 años de nuestro tío Jesús de Coss Velasco. El trayecto se llenó de pláticas y recuerdos, tanto que nos pasamos hasta Coita y tuvimos que regresar para preguntar por la hacienda Soyatenco. Esa finca, con más de 300 años de historia y reconstruida tras el temblor, guarda memorias profundas: ahí nació la madre del médico y poeta Don Rodulfo Figueroa. Hoy pertenece a la familia Cal y Mayor, quienes la mantienen viva.
Al llegar, la reunión era un mosaico de apellidos y afectos: los de Coss Maza, los de Coss Fernández, los de Coss Tovilla que vinieron desde Tuxtla, y ahí estaban también los tíos Galileo y Pelancha, hermanos del festejado. Mis hermanos Rafael y César se sumaron al jolgorio, haciendo más grande la fiesta.
Pero entre todos, resaltaba la figura de nuestro tío Julio César de Coss Coutiño, de 95 años. Médico de profesión, sí, pero con el corazón siempre puesto en el rancho. Su porte lo decía todo: botas bien calzadas, cinturón con aire country, y esa manera campechana de estar que mostraba tanto su amor por la medicina como por la vida de ganadero consumado. Era de esos hombres que uno mira con admiración, porque saben llevar con orgullo dos mundos distintos y hacerlos suyos.
La mesa estaba llena de sabores que nos saben a casa: ravioles chinos de la costa, carnitas de Arriaga, arroz y mole de Jiquipilas. Y para endulzar la tarde, no faltaron el chimbo, el cupapé y el pan de Coita. Cada platillo traía consigo la voz de las abuelas, porque mientras comíamos, iban saliendo las recetas y las anécdotas que ellas dejaron como herencia.
Nuestro tío Jesús es un hombre forjado por la tierra misma: ganadero de primera, cuya fama aún resuena en los pueblos como eco de grandeza. Pero su fuerza no se limita al campo; con manos firmes y sabias moldea figuras en cera de abeja, como si domara la esencia de la naturaleza.
De su ingenio nació un estilo de baile cual polca ranchera en Jiquipilas, un zapateo que parece brotar del corazón del pueblo y que se convirtió en estandarte de identidad. Cuando la marimba suena y Don Jesús pisa la pista, el mundo se detiene: la multitud se arremolina, los aplausos retumban como tambores de guerra, y las voces se elevan en vitoreo. Nadie logra imitarlo, porque solo él sabe mover el sombrero con esa gracia indomable, al compás vibrante del son.
Así permanece, vivo y legendario, como parte del folclor que no muere: un hombre que no solo cuida ganado, sino que también regala música, baile y tradición, dejando huella en cada fiesta donde la marimba hace temblar el alma del pueblo.
La tarde se fue despacito, entre cuentos y evocaciones. Se habló del capitán Horacio de Coss Córdova, personaje de esos que se recuerdan con orgullo, y hasta saludamos en video a la tía Margarita de Coss Coutiño, que, aunque lejos, se hizo presente en el calor de la reunión. Fue de esos encuentros donde la comida y la charla se vuelven puente, uniendo a las generaciones como si el tiempo se sentara también a la mesa.
Ya cayendo la tarde, nos fuimos de regreso todos juntos, como en caravana, con la tranquilidad de haberle hecho su merecido homenaje a un hombre discreto, pero con la fuerza y el ingenio que siempre marcaron, con su estilo, a la familia. Más allá del festejo, quedó esa emoción bonita de saber que nuestras raíces siguen firmes, como tronco recio, y que la familia sigue siendo el centro de nuestras querencias, lo que nos da calor y sentido.


