Por Martha Elena de Coss Flores
La última vez que nos habíamos visto fue en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Éramos jóvenes de poco más de veinte años y compartíamos los sueños, las inquietudes y las largas jornadas de estudio propias de quienes se preparaban para ser biólogos. Medio siglo después decidimos reencontrarnos para ponernos al día y descubrir en qué caminos nos había llevado la vida.
La cita fue en Acámbaro, Guanajuato, donde mi amigo Víctor Hugo Coss tiene su rancho. Al recorrerlo, confirmé que refleja fielmente su personalidad: ordenado, productivo y cuidado hasta el último detalle. Ahí prosperan los cultivos de hortalizas en invernadero, así como la ganadería bovina y caballar. La tradición ecuestre de la región se percibe incluso en las zapaterías del parque central, repletas de botas de sorprendentes diseños y acabados que jamás imaginé que se elaboraran con tanta creatividad.
Víctor Hugo también ha cultivado el pensamiento. Además de su trabajo en el campo, disfruta reflexionar sobre las ideas y enseñanzas de importantes personajes de la vida política de México. Con la misma pasión con la que habla de la historia y de las personas, habla de la tierra.
Sostiene que el campo debe modernizarse mediante variedades agrícolas de alto rendimiento, pero sin olvidar que el suelo es un ecosistema vivo que requiere atención y cuidado permanentes. Explica que la incorporación de composta y materia orgánica proveniente de otras regiones puede devolver al terreno los nutrientes que ha perdido, fortaleciendo su fertilidad y productividad.
Mientras lo escuchaba, pensé que esa misma lógica también puede aplicarse a la amistad. Así como los ecosistemas prosperan gracias a la diversidad, la conexión y el intercambio, las amistades perduran cuando se cultivan, se alimentan y se protegen con el paso del tiempo. Después de cincuenta años, nuestra amistad parecía un ecosistema maduro y resiliente: enriquecido por experiencias distintas, fortalecido por la distancia y capaz de renovarse cada vez que nos reencontramos.
Desde Canadá llegó Óscar Arizpe, quien venía de participar en un encuentro internacional sobre la protección de áreas naturales. Desde nuestros años universitarios destacaba por su dedicación académica; fue uno de los mejores promedios de la generación y posteriormente obtuvo el doctorado en Ecología con especialidad en Pesca. Su trayectoria lo ha llevado a estudiar y colaborar en la conservación de ecosistemas terrestres, marinos y de agua dulce en distintos lugares del mundo.
Actualmente funge como asesor de un importante organismo internacional, donde aporta sus amplios conocimientos en materia ambiental. Sin embargo, lo que más llama la atención no es únicamente la dimensión de su trayectoria, sino la sencillez con la que comparte sus experiencias. Resulta admirable la profundidad de sus conocimientos sobre los ecosistemas del planeta y la serena humildad con la que nos relata sus viajes, aventuras y trabajo.
Al principio, nuestra conversación transcurrió en el lenguaje que aprendimos en la universidad: especies, ecosistemas, conservación y biodiversidad. Poco a poco, sin embargo, las palabras técnicas dieron paso a una charla más cercana, más íntima y humana.
Con su inconfundible voz de barítono, Óscar me preguntó:
—¿Conoces la Reserva de la Biósfera Montes Azules?
—No —respondí.
—Está en tu estado, en Chiapas. Tienes que visitarla; es un lugar extraordinario que merece ser conocido y protegido, me dijo con el tono de regaño cariñoso que solo puede permitirse un buen amigo.
Comprendí el mensaje de quien ha dedicado buena parte de su vida a la conservación de la naturaleza, impulsando la protección de reservas de la biósfera, parques nacionales, áreas de protección de flora y fauna y santuarios naturales.
En mi caso, también tengo el privilegio de contribuir, en una escala mucho más modesta, a la conservación ambiental mediante una Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre (UMA), autorizada por la SEMARNAT para la protección de cuatro especies de palmeras endémicas de México y Chiapas.
Sin embargo, esa labor palidece frente a la dimensión internacional del trabajo de Óscar. Sus conocimientos son valorados en países tan diversos como India y Costa Rica. Además, es un viajero incansable. Ha recorrido prácticamente todos los rincones del planeta. Ha atravesado dos veces el legendario tren Transiberiano, visitado China y Nepal, y acumulado anécdotas que podrían llenar varios libros. Entre risas evocó una aventura en la que pasó tres días sin probar bocado, una experiencia que pocos soportarían con tanta serenidad. Escuchándolo, concluimos que posee las cualidades necesarias para convertirse en monje tibetano de manera inmediata, sin exámenes de admisión ni propedéutico de por medio.
En abril pasado, Óscar viajó a Sri Lanka, la antigua Ceilán, para participar en el manejo integral de la zona costera. Antes de partir, le pedí un favor muy especial:
—Lleva una ofrenda a un templo budista en nombre de mi gratitud.
Años atrás, en esa tierra se identificó un diminuto ácaro que inspiró las investigaciones que me condujeron al doctorado. Por eso, cuando Óscar depositó la ofrenda en el templo y me envió la fotografía de aquel momento, sentí que algo profundo encontraba por fin su cauce.
Aquellos nenúfares no eran solo una ofrenda; llevaban consigo años de estudio, aprendizaje y agradecimiento. En ellas viajaba mi reconocimiento a un país que, de manera inesperada, marcó mi vida académica. Con ese gesto sencillo y solemne, cerré un círculo que había permanecido abierto durante varios años y devolví, al menos en parte, la gratitud que siempre le he guardado a Ceilán.
Más tarde, la conversación se trasladó al ámbito familiar. Víctor Hugo compartió su vida junto a Fidelia, compañera de más de cuarenta años, una mujer cuyo nombre parece describirla: firme en sus convicciones, leal y digna de confianza. Juntos formaron una familia y tuvieron dos hijos.
Fue entonces cuando nuestra conversación llegó a un tema inevitablemente doloroso. Hace un año, mi amigo Víctor Hugo sufrió la pérdida de su hijo Marco Antonio, un joven lleno de talento, ilusiones y proyectos que apenas comenzaba a escribir su propia historia. Su otro hijo, Emiliano, abogado de reconocido prestigio, ha sido un importante apoyo y una fuente de fortaleza para seguir encontrando motivos para la alegría y la esperanza.
Ante esa pérdida, me uní a su sentimiento desde la comprensión más profunda. Hace veinticuatro años yo también enfrenté la partida de mi hija Ana Dolores, cuando apenas tenía veintidós años. Ambos jóvenes lucharon con valentía contra enfermedades incurables.
En medio de ese dolor compartido, también reconocimos las bendiciones que la vida nos ha dejado. Así como Emiliano representa para Víctor Hugo y Fidelia un motivo para seguir adelante, mi hijo Santiago ha sido para mí una fuente constante de alegrías. Además, la llegada de mis nietas gemelas me ha enseñado que, aun después de las pruebas más difíciles, la vida encuentra la manera de regalarnos nuevas sonrisas y de recordarnos, con una suave palmada en el hombro, que la esperanza siempre permanece.
Nos dimos consuelo mutuamente, aunque sabíamos que no existen palabras capaces de aliviar por completo una ausencia de esa magnitud. Cuando un hijo parte, el dolor permanece. Sin embargo, la amistad de tantos años permite compartir el silencio, acompañar la tristeza y honrar la memoria de quienes seguirán viviendo para siempre en nuestros recuerdos y en nuestro corazón.
Mi amigo Óscar tiene la fortuna de contar con sus dos hijos, Mildred y Óscar, quienes, cada uno desde su propia vocación, han heredado parte de su amor por el conocimiento y el estudio de las ciencias biológicas. Además, disfruta la compañía de su único nieto, quien lo visita con frecuencia y llena de alegría sus días.
Cuando llegó el momento de despedirnos, descubrimos que decir adiós no era tan sencillo. La despedida se prolongó durante horas: alguien iniciaba una frase de cierre y, de pronto, surgía un nuevo tema de conversación. No en vano dice el dicho que quien mucho se despide, pocas ganas tiene de irse.
Finalmente, acordamos que Víctor Hugo nos llevaría hasta Querétaro y, desde ahí, cada uno continuaría su camino de regreso, Oscar a La Paz, B. C. y mi retorno a Tapachula, Chis.
Antes de partir del Hotel Mesón del Puente ocurrió algo que guardo con especial cariño. Mientras me disponía a salir, una jovencita de unos catorce años se acercó con cierta timidez y me preguntó:
—Usted es escritora, ¿verdad?
—Sí, le respondí con una sonrisa.
Sus ojos se iluminaron de inmediato.
—Es que yo también quiero ser escritora algún día.
Luego, reuniendo un poco más de valor, añadió:
—¿Podría darme un autógrafo?
Por supuesto que sí. Conversamos unos momentos y, además de dedicarle un autógrafo, le regalé un ejemplar de uno de mis libros, justamente el que ella deseaba leer: “Legado de Vida: Un viaje al ADN Cultural Familiar”.
Al abrir la primera página escribí unas palabras de aliento para que nunca abandonara sus sueños y firmé la dedicatoria con una frase que resumía aquel viaje, aquel reencuentro y aquellas emociones compartidas: Con afecto, y la certeza de que los sueños terminan por escribir su propia historia. Una chiapaneca en Acámbaro.
Con ese inesperado encuentro, lleno de ilusión y esperanza, concluyó mi visita. Fue un hermoso broche de oro para una experiencia marcada por la amistad, los recuerdos y los afectos que, aun después de cincuenta años, el tiempo no ha hecho más que fortalecer.



